En el pico Ocejón

En el pico Ocejón

lunes, 18 de julio de 2011

Un perroflauta por la Calzada de los Blendios (julio de 2011)

El perroflauta
Ve con escepticismo hacia dónde va este mundo nuestro. Desconfía de lo que nos cuentan en los medios de comunicación. Encarna el prototipo del joven inadaptado, aunque ya no tan joven, pues los años van pasando inexorablemente. No se casa con nadie. Por chocante que parezca, en algunos aspectos, como en cocina, es enormemente conservador y, por ejemplo, se queda con la cocina de toda la vida frente a la cocina minimalista y experimentos similares.

El perroflauta

La Calzada de los Blendios
Esta bimilenaria calzada romana unía el corazón del territorio de los cántabros con el resto del Imperio e iba desde Pisoraca (Herrera de Pisuerga) hasta Portus Blendium (Suances), pasando por Julióbriga (posiblemente Retortillo).
Se trata de una calzada secundaria, que en Pisoraca conectaba con la importante vía de Astúrica Augusta (Astorga) a Burdigala (Burdeos).
La única mención escrita sobre esta vía se encuentra en el conocido como Itinerario de Barro, que son 4 tablillas de barro cocido, posiblemente hechas para ser expuestas al público con carácter informativo, en el que es citada como Via Legione VII Gemina ad Portum Blendium.
Fue construida a fines del siglo I antes de Cristo, siendo emperador Augusto.
Se cree que fue trazada y construida por militares (posiblemente por la Legión IV Macedónica), con ayuda de mano de obra esclava obtenida en las Guerras Cántabras.
Parece que originariamente se construyó para facilitar el tráfico rápido de tropas en el proceso de pacificación y romanización del territorio cántabro, incorporado definitivamente a Roma en el año 16 a.C., tras ser vencidos los últimos focos de resistencia en una campaña militar que dirigió el propio emperador Augusto.
Posteriormente, pasó a ser una vía de comunicación comercial entre la Meseta y puertos de la costa cantábrica como Portus Blendium (Suances) y Portus Victoriae Iuliobrigensis (Santander).
Se mantuvo en uso durante muchos siglos.
A partir del siglo XVIII se ha visto afectada por diversas obras de ingeniería: el Canal de Castilla, que desde Valladolid y Medina de Rioseco llegaba hasta Alar del Rey; el Camino Real de Palencia a Santander (futura N-611), que propició el despegue económico y comercial del puerto de Santander, como exportador de lanas, cereales y harinas procedentes de Castilla hacia las colonias americanas e importador de productos coloniales; el ferrocarril de Alar del Rey a Santander; más recientemente, la autovía de Aguilar de Campoo a Torrelavega (A-67).
De la calzada solo se han conservado hasta nuestros días algunos tramos empedrados de pequeña longitud (como el tramo de unos cinco kilómetros que desciende de Somaconcha a Pie de Concha) y otros vestigios como puentes reformados o algunos miliarios (mojones de piedra que indicaban la distancia en millas romanas con respecto a alguna población). Por lo demás, la mayor parte de su trazado ha quedado sepultado por caminos, cerreteras y otras obras posteriores, algunas de ellas ya comentadas.
Atraviesa la Cordillera Cantábrica por uno de sus pasos más bajos, que era y sigue siendo la principal vía de acceso a Cantabria desde la Meseta.


Cartel con el itinerario seguido (no se ve un pijo)


¿Quiénes eran los blendios?
Un populus o grupo tribal de los cántabros, que habitaba en parte del territorio por el que discurre esta calzada romana, el más próximo a la costa, con anterioridad a su conquista por los romanos.

GR-73
Este sendero de gran recorrido ha recuperado para el senderismo el trazado de la calzada romana de los Blendios.
Pero el sendero no es, ni mucho menos, una reconstrucción arqueológica del trazado de la calzada, perdido en su mayor parte, y tan solo sigue el mismo de forma muy aproximada, siempre con la intención de facilitar el viaje a pie. Discurre mayoritariamente por caminos y pistas, evitando las carreteras en la medida de lo posible.
Ofrece unos atractivos mucho más amplios que los vestigios de la calzada romana.
En su recorrido de sur a norte se atraviesan 3 cuencas hidrográficas: la del Pisuerga, cuyas aguas se unen a las del Duero y, por ende, desaguan en el Atlántico; la del Ebro, a la altura de Reinosa, que nace al pie del pico Tres Mares y vierte sus aguas al Mediterráneo; la del Besaya, corto río que, tras unirse al Saja, desemboca en el Cantábrico cerca de Suances.
A lo largo del trayecto se van apreciando cambios en la vegetación y en el paisaje: en la Meseta castellana, dominada por un clima mediterráneo continental, más seco, encontramos extensos campos de cereal, choperas y alamedas a la orilla de los ríos o bosques de encina y pino; a medida que avanzamos hacia el norte, nos adentramos en el dominio del clima atlántico, más húmedo, predominando las praderas en las que pastan caballos y vacas o los bosques de roble y haya, en los que se dan también avellanos, acebos y helechos.
Podemos también contemplar hermosas muestras del románico rural, como la ermita de Santa María la Real, en las Henestrosas, la iglesia de San Pedro de Cervatos o la colegiata de Santillana del Mar, por citar solo las más significativas.

Viernes, 1 de julio
Con algunos minutos de retraso sobre las ocho y media de la mañana, sale de Chamartín mi tren con destino Valladolid, donde me bajaré, y Vitoria. A pesar de la fecha, va medio vacío.
Al atravesar la sierra y entrar en tierras abulenses, se contempla desde la ventanilla un paisaje granítico muy típico de nuestro Guadarrama.

Chu-ku-chu-ku-chú

En Valladolid, ciudad natal de al menos dos de nuestros reyes, Felipe II y Felipe IV, dispongo de unas horas para pasear, antes de continuar viaje hasta Herrera de Pisuerga.
Al apearme del tren, le pregunto a una azafata a cuánto y por dónde queda el centro y me responde con una exactitud que ya querrían los suizos, que la Plaza Mayor, que podría considerarse el centro, queda a once minutos de la estación. Ni diez, ni doce.
Pero cuando llego a la Plaza Mayor, que es de lo mejor que tiene Valladolid, siento una decepción mayúscula. Han tenido la ocurrencia de montar en medio de ella un torneo de tenis al aire libre, con graderíos y pistas. El tinglado estropea bastante la visión de conjunto de este espacio público.

Estatua de Cervantes, que fue durante un tiempo vecino de la ciudad

Paso también por la plaza en la que aún permanecen acampados algunos indignados del 15-M. Un solitario olivo, más propio de latitudes más meridionales, sorprende con su presencia.
Iglesia de San Pablo (Valladolid)

Un nuevo tren me lleva hasta Herrera de Pisuerga, a donde llego pasadas las cuatro y media de la tarde, hora en la que el calor aprieta.


El tren prosigue su trayecto


Este pueblo es conocido por el Festival del Cangrejo de Río, que se celebra durante la primera semana de agosto e incluye un desfile de carrozas y la quema de una falla.
Hay que andar algo más de un kilómetro desde la estación y cruzar un puente sobre el Pisuerga para entrar en el pueblo.
Llego a un cruce de calles y no sé si tirar de frente o girar a la izquierda, así que le pregunto por el centro a un paisano un tanto peculiar, que entiende, no sé por qué, que ando buscando el centro médico. Son cosas que achaco al calor.

Chicharro cojo-nudo a 4,68 euros / kilo


Al otro lado del río Burejo se encuentra el Camping Fuente Los Caños. Aunque no tengo tienda, les pregunto si puedo quedarme, si me dejan dormir sobre la hierba con mi aislante y mi saco. El propietario, al que la barba le da un aire algo lejano al abogado Rodríguez Menéndez, me mira algo perplejo, pero finalmente accede a mi proposición a condición de que entre en el camping antes de las diez de la noche y me acomode en un lateral en el que hay algunos árboles.
Visito la Ermita de la Piedad, cuyo interior, tanto paredes y bóvedas como el camarín, se halla decorado con pinturas al fresco, realizadas entre 1900 y 1903 por Mariano Lantada, que representan motivos marianos y otros del Nuevo Testamento.

Ermita de la Piedad

Ceno algo en el bar Pisuerga. Su propietario es de estos que andan todo el rato diciendo "me cagüen Dios" cada dos por tres, sin venir a cuento, como colofón a cualquier comentario, muletilla cansina que no puede suscitar gracia ninguna.
Me retiro a dormir al camping a la hora convenida. Aunque sea un perroflauta, me gusta la puntualidad y cumplir con mi palabra.

Sábado, 2 de julio: 1ª etapa, de Herrera de Pisuerga a Aguilar de Campoo
Itinerario: Herrera de Pisuerga - Alar del Rey - Nogales - Barrio de Santa María - Puebla de San Vicente - Santa María de Mave - Mave - Olleros de Pisuerga - Valoria - Aguilar de Campoo
Longitud: unos 31 km.

Al cantar los gallos y empezar a clarear, me pongo en pie, recojo mis escasas pertenencias y salgo del camping con sumo sigilo, como si fuera un amigo de lo ajeno.

Entre Herrera de Pisuerga y Alar del Rey se sigue el camino de sirga que discurre junto a la orilla del Canal de Castilla. Antaño este camino era utilizado por animales de carga para arrastrar las barcazas que remontaban las aguas del canal, cargadas de trigo, harina y otras mercancías.

El camino de sirga junto al canal

El frescor de la mañana hace muy agradable este tramo de casi 7 kilómetros. El sol, aún bajo, no ha remontado por encima de las copas de los álamos que flanquean el canal.


Pueden verse hasta cuatro esclusas, por medio de las cuales las barcazas salvaban el desnivel del terreno.

Esclusa

En lo alto de un cerro, sobre el pueblo de San Quirce de Riopisuerga, que queda al otro lado del canal, se recorta el perfil de la ermita del Santo Cristo.
La ermita del Santo Cristo, en lo alto del cerro

A la entrada de Alar del Rey se encuentra la dársena terminal del Canal de Castilla, así como unos almacenes que han sido recientemente rehabilitados. Y es que aquí finalizaba la ruta seguida por las barcazas. O empezaba, según se mire.

Dársena terminal y almacenes


Alar del Rey es villa fundada en 1657 por Felipe IV. Su despegue económico viene marcado por la apertura del Canal de Castilla al tráfico, en 1791, que facilitó el transporte de los trigos y harinas castellanos al puerto de Santander, donde eran embarcados para las Antillas.

Iglesia parroquial

A mediados del XIX, durante el reinado de Isabel II, la villa recibe nuevo impulso con la construcción de una de las primeras férreas que funcionaron en España e iba hasta Santander atravesando la Cordillera Cantábrica.
Anualmente se celebra el Descenso Internacional del Pisuerga en Piragua, certamen deportivo que ha cobrado bastante popularidad. De hecho, hay un monumento dedicado a los piragüistas al lado del puente sobre el Pisuerga.

Monumento a los piragüistas

El bar La Cueva, al otro lado del río, ha sido tomado al asalto por la gente. Parece que los autobuses de línea paran aquí habitualmente para que sus viajeros estiren las piernas y se tomen un refrigerio. Yo no quiero ser menos y en la barra me pido un montado de tortilla de chorizo. Entretanto entra al local un nutrido grupo de ciclistas.

El Nacimiento del Canal de Castilla es el punto en el que parte de las aguas del Pisuerga se desvían para formar el canal. El lugar está señalizado con un monolito fechado en 1991, que conmemora el bicentenario de la construcción de esta original obra de ingeniería.

Monolito conmemorativo

Por un ancho camino asfaltado, encajonado entre el Pisuerga, a la izquierda, y la vía del tren, a la derecha, se llega a la Fuente de la Gallina, a la sombra de una gran chopera. Se trata de un estanque natural de forma ovalada, con 8 pequeños hontanares, de los que manan más de medio millón de litros de agua por hora, según reza un cartel.

Fuente de la Gallina

Las hojas de los chopos se agitan al compás de la suave brisa matinal y llenan el aire de musicalidad. Se respira frescor.
Cuentan que las mujeres de Nogales se acercaban hasta aquí para hacer la colada. Pero como la fuente era propiedad del Señor de Nogales (el dramaturgo Calderón de la Barca disfrutó de este título), los vecinos de la villa tenían que pagarle anualmente, a cambio del permiso de lavar la ropa, un tributo que consistía en una gallina y dos libras (420 gramos) de lino. De este uso, atestiguado por la tradición oral y algunos documentos medievales, deriva el nombre de la fuente.

Al dejar atrás Nogales de Pisuerga, atravieso la carretera de Santander por debajo y paso junto a un depósito de agua. Me encuentro con varias bifurcaciones y trato de seguir las indicaciones que vienen en mi guía. Pero no me convence la dirección que estoy tomando. Creo que me estoy alejando de la correcta. Y de repente, me encuentro en el suelo un pedrusco con una borrosa marca de GR. O sea, que voy bien. Es la primera marca que veo desde que eché a andar esta mañana. Y llevo ya recorridos unos 14 kilómetros.


Camino ahora por una meseta caliza salpicada de encinas y pinos, alcanzo un altozano y empiezo a descender hacia Barrio de Santa María, que cuenta con una iglesia románica reconstruida y es, junto con San Pedro y Puebla de San Vicente, uno de los tres barrios pertenecientes al municipio de Becerril del Carpio.

En un diminuto parque público que lleva el nombre de Miguel Delibes me encuentro grabada una graciosa cita del escritor vallisoletano:
Si el cielo de Castilla es alto
es porque lo habrán levantado
los campesinos, de tanto mirarlo

En Santa María de Mave hay un notable monasterio o convento benedictino, con iglesia románica y claustro, pero me quedo con las ganas de entrar. Se ha celebrado una boda privada y no se autorizan visitas. Me tengo que conformar, que no es poco, con tomarme una cervecita a la sombra.

Cuando llego a Olleros de Pisuerga, el sol y el calor aprietan. Ni corto ni perezoso, me quito las botas y me remojo los pies en un pilón, en una imagen muy propia de un perroflauta.

Refrigerando el motor

Hay aquí una curiosa ermita rupestre (siglo X), excavada durante la época de la repoblación.

Iglesia rupestre de Olleros

Me hubiera gustado dar aquí por concluida la primera etapa y quedarme a dormir, pues llevo ya hechos unos 23 kilómetros, pero no es posible. El albergue está ocupado por un grupo. La dueña del bar Feli me informa de que alquila dos casas. Una la tiene llena. La otra no. Pero como no voy a ocupar una casa entera para mí solo, me hago a la idea de continuar hasta Aguilar de Campoo, que queda a 8 kilómetros, donde tiene que haber más opciones de alojamiento.
Pero antes de reanudar la marcha me siento en la terraza del propio bar Feli a comer algo y a dar tiempo a que el sol baje un poco.

El Pisuerga traza una curva

Desde lo alto del monte Cildá, en el que se encuentra las ruinas de un castro cántabro que también estuvo habitado en época romana, se tiene una vista excepcional del cañón de la Horadada y la meseta de las Tuerces. Por enmedio del cañón corren el Pisuerga y la vía del tren. Más a lo lejos, se divisan ya las naves industriales que hay a las afueras de Aguilar de Campoo.

Cañón de la Horadada

Entre Valoria y Aguilar pierdo el camino. Y es que la guía que llevo es algo antigua. Con posterioridad se ha construido la autovía A-67. Me imagino que mi error viene de no cruzar la autovía, que no aparece en el croquis por ser nueva, por un paso elevado.
Con la ayuda de dos empleados de una piscifactoria y de un pescador doy con otro camino alternativo.

Sobre las nueve y media de la noche entro en el casco antiguo de Aguilar de Campoo, pueblo mundialmente conocido por su producción galletera, a través de la Puerta del Portazgo.

Puerta del Portazgo

En la Plaza de España tienen montado uno de esos mercados medievales que últimamente proliferan tanto. En la misma plaza hay un hostal, el Siglo XX, en el que pregunto por cama. Me dicen que tienen todo reservado. Posiblemente la celebración del mercado tenga que ver. Pero los de una habitación aún no han llegado. No tengo ganas de dar vueltas y preguntar en más sitios, así que me quedo a cenar en la cafetería del hostal, a ver si entretanto se sabe algo de los de la habitción aún no ocupada.
Al terminar de cenar las cosas siguen igual. Los de la habitación aún no han llegado y no saben nada de ellos. Al hacer la reserva han dejado un número de móvil. La dueña les llama pero no cogen. Ya advirtieron de que llegarían tarde. No pueden darme la habitación a mí, claro, hasta no saber nada de ellos, pero yo tampoco puedo quedarme a esperar sin ninguna garantía. Van a dar las once y si tengo que dormir al raso, como un perroflauta, ya es hora de ir buscando sitio.
Salgo del centro por donde he venido, con idea de alejarme lo mínimo y vivaquear en un agradable paseo a la orilla del río.
Un feriante, probablemente de los del mercado medieval, conduce a sus cuatro burros, abre la puerta trasera de una camioneta, extiende una especie de rampa y los burros suben para pasar allí la noche. El feriante lo tiene todo bien montado y cubierto de paja para que los burros descansen cómodamente. Y pensar que voy a dormir a la intemperie... Por un momento estoy tentado de decirle al feriante si me permite compartir espacio con los cuatro burros, pero solo por un momento...
Más adelante paso junto al servicio de urgencias de una clínica, que está abierto. Es otra opción. Puedo simular un mal, una urgencia, me ingresan y así paso la noche en una camita. Pero también lo descarto.
Ser perroflauta es duro. Hay que ser fuerte mentalmente y no dejarse vencer por las tentaciones.
En una explanada de hierba, junto al río, extiendo mi aislante y mi saco, me desvisto, guardo mis botas debajo de la mochila y me echo a dormir. Al rato suenan algunos truenos. Maldición. Esto no entraba en mis pronósticos. La tormenta nos ronda. Así será el resto de la noche. Sobre las tres de la mañana me despierto. Otra vez tenemos la tormenta encima. Maldigo mi condición de perroflauta. Llueve. Pero no estoy por irme. Y eso que no tengo funda de vivac. Protejo, eso sí, mi macuto con el cubremochilas para que no se moje lo que llevo dentro y me arrebujo en el saco. Afortunadamente son solo unas gotas.

Domingo, 3 de julio: 2ª etapa, de Aguilar de Campoo a Olea
Itinerario: Aguilar de Campoo - Grijera - Nestar - Cuena - Bercedo - Ermita de Santa María la Real - Las Henestrosas de las Quintanillas - La Quintana - Las Quintanillas - Casasola - Reinosilla - Olea
Longitud: unos 19 km.


A las seis y media de la mañana se acerca de nuevo la tormenta. Esta vez sí que me levanto, recojo todo y salgo por piernas. Cuando me refugio en los soportales de la Plaza de España cae un breve pero buen chaparrón.
No es fácil encontrar a estas horas un sitio donde desayunar, más en domingo. Me hablan de la cafetería del Hostal Valentín, pero aún está cerrada. Me dicen que el Chocuit abre a las siete, pero eso es cualquier día salvo los domingos, que no lo hace hasta las nueve.
Veo abierto un bar de trasnochadores. Unos jóvenes, a la puerta del bar, van de graciosos sin tener gracia alguna. Son los efectos de no saber beber. Me dicen que dentro "hay dos putas". Justo lo que andaba buscando, pienso yo. El ambiente dentro es sumamente deprimente. La gente me mira. Les debe resultar exótico un perroflauta con su mochila a la espalda. Solo me falta el perro pulgoso. La barra está colmada de bocatas a cuál más vomitivo. Veo difícil poder desayunar algo normal. El camarero me confirma que no puede ponerme un té porque la máquina está apagada. Aliviado, me despido. No tenía ninguna gana de quedarme allí.


Aunque perroflauta, tengo mi cuenta corriente abierta en el banco, en la que por el momento aún me ingresan la nómina, y dispongo de tarjeta de débito con la que hacer movimientos. Qué se pensaban... Y al pasar junto a un cajero automático, saco algo de dinero. No quiero quedarme sin blanca. Y tampoco aspiro, como otros perroflautas, a vivir de las limosnas de la gente.




Con la cartera más llena, pero el estómago triste y vacío, me encuentro con un grupo numeroso de carrozas que vienen de Bilbao. Algunos están cogiendo agua en una fuente. Parecen senderistas ocasionales, atendiendo a las zapatillas y a las mochilas que llevan. Les oigo comentar que van al Hostal Valentín, en el que ya había estado. Por lo visto les esperan en el hostal para servirles el desayuno. Lo deben tener contratado, por lo que entiendo. Esta es la mía, me digo. Si ellos van allí a desayunar, no voy a ser yo menos. Según voy adelantando al grupo, me saludan y me desean buen camino, como si fuera peregrino.
Llego a la cafetería del Hostal Valentín, que sigue cerrada. Hay otros tres que también buscan dónde desayunar y, por señas, desde dentro, les dicen que no abren hasta las ocho. Queda más de media hora. Una pareja de policías nacionales se encuentran con la misma sorpresa. En esto que empiezan a llegar los de Bilbao de forma desperdigada. Son un grupo numeroso. Cerca de veinte o quizá alguno más. Se encuentran, como los demás, la cafetería cerrada. Pero estos lo tienen claro, pues han contratado el desayuno. Uno dice de entrar por otra puerta que hay a la vuelta y para allí nos dirigimos, yo incluido. También está cerrada. Entonces hablan de entrar por la recepción del hotel y hacia allá se encaminan. Yo les sigo como un perroflauta famélico.
Uno de ellos se identifica al entrar como perteneciente al grupo que ha contratado el desayuno. Efectivamente los esperan y a algunos de ellos los van haciendo pasar al comedor, que está al lado. Yo estoy un poco expectante en el hall y he dejado mi mochila junto a las mochilas de algunos de ellos. Mi idea es pasar por uno más. Al fin y al cabo, pienso, somos todos colegas senderistas. Digo yo que no me acogerán mal. Es una situación, la mía, de necesidad y todos tenemos nuestro corazoncito. Donde desayunan veinte podrán desayunar veintiuno.
Pero el que lleva la voz cantante en el grupo, no sé si es que sería un guía o qué, se queda mirándome a distancia fijamente. Me señala con el dedo y le dice al de recepción que yo no soy del grupo. "Ah, si no es del grupo, no puede pasar", responde con firmeza el recepcionista. Me han desenmascarado.
La situación es desagradable. No me gusta que el supuesto guía haya actuado así, señalándome con el dedo y poniéndome en evidencia. Me sienta mal que me tomen por el gorrón de la fiesta o por el polizón de un barco. Solo soy un perroflauta que ha pasado la noche a la intemperie y quiere desayunar algo. Podía, al menos, haber gestionado las cosas de otra manera y haber hablado conmigo previamente en un aparte. Aunque la razón no me asista, no estoy dispuesto a callarme y me dirijo al presunto guía con cierta rabia. "Oiga que yo solo pretendía que me dieran de desayunar, pagando, como es natural". Él me responde, como cabría esperar, argumentando que habían contratado el desayuno para equis personas y patatín y patatán. Viendo que ya no tengo mucho que hacer allí y que todo es estéril, le corto bruscamente y le suelto a bocajarro un "Es usted muy solidario" y un "No intente arreglarlo". Soy un perroflauta que enseña los dientes y no agacha la cabeza.
Me doy media vuelta, abandono el hotel como perroflauta apaleado y, acto seguido, así en caliente, sin poder finalmente desayunar, empiezo a hacer camino. A los tres kilómetros, al llegar a Grijera, me siento en un banco de su placita y me tomo una barrita de cereales y un trago de agua. Es lo primero sólido que echo al coleto.

El puente romano de Nestar tiene poca altura y el hueco de sus cinco ojos aparece medio cubierto por la vegetación. No tiene el puente, desgraciadamente, una buena foto.

Puente romano de Nestar

Se cruzan las vías del ferrocarril abandonado que iba hasta Barruelo, un suave cordal montañoso cubierto de robles y las vías de otro ferrocarril, el de La Robla.

Atención al tren

Y de repente se divisa un pueblo. Un hombre me confirma que estoy en Cuena, el primer pueblo de Cantabria. Realmente tenía que haber entrado a Cantabria por otro pueblo que queda un poco más al oeste. Pero qué más da. El tipo me da conversación y me cuenta cosas. Vive en Santander y la casa del pueblo en la que pasa unos días es de su suegra. Pronto me invita a pasar al patio y tomarme con él un botellín de cerveza, a lo que accedo. Es de un pueblo, próximo a Frómista, que se halla a unos 3 kilómetros del Camino de Santiago. Y me habla del Camino y de otro pueblo pequeño que hay junto a él y que hace años no tenía nada y ahora tiene albergue, bar y tienda de ultramarinos. También me habla de los caballos que hay por esta zona de Cantabria y que introdujeron los romanos. Me regala un par de folletos turísticos que tiene en su coche, con información de Valdeolea y de Campoo-Los Valles.
En la pista que une Cuena con Bercedo me encuentro con tres personas que vienen andando hacia mí. Rápidamente los identifico como integrantes del grupo de los de Bilbao. Les saludo, nos detenemos y cruzamos algunas palabras. Han echado a andar en Casasola. Más o menos van a hacer lo que quiero hacer yo, pero en sentido inverso. Es evidente que deben contar con un autobús de apoyo.
Al atravesar el pueblo de Bercedo, me cruzo con los demás de Bilbao. Entre ellos reconozco a mi amigo, el guía, que va hablando por el móvil mientras camina. Él creo que me lanza una mirada fugaz y también me reconoce. Leo el miedo en la expresión de sus ojos.

La ermita románica de Santa María la Real se encuentra en un alto y están dentro celebrando misa cuando llego. Afuera hay tres cicloturistas, que han venido de Santander a Mataporquera en tren y están haciendo una ruta por la zona. Son el Capitán Camuñas y una pareja. Nos ponemos a hablar, bebemos un poco de agua y me ofrecen un puñado de avellanas. Es lo segundo sólido que ingiero en el día.

Ermita de Santa María la Real

Al terminar la misa, entramos en la ermita para ver su retablo y la pila bautismal.


Tras la visita, me despido de los ciclistas, que se quedan charlando con el pequeño grupo de gente que ha asistido a la misa, y continúo andando por la carretera hacia Las Henestrosas, que está apenas a un kilómetro.
Pronto me adelantan los ciclistas y la chica se para informarme de que en Las Henestrosas les van a enseñar una ermita.

Los ciclistas

Un poco después me adelanta el coche en el que resultará ir Pepe de las Henestrosas, que es quien amablemente se ha ofrecido a abrirnos y enseñarnos la ermita.

Aprieto el paso y al llegar a Las Henestrosas, me encuentro a todo el grupo junto a la fachada del palacio, Pepe, los ciclistas y alguna persona más.

Palacio de las Henestrosas

Pepe nos abre la puerta de la ermita o capilla de Santa Ana, que está adosada al palacio.
Después de enseñarnos la ermita, Pepe nos invita a los ciclistas y a mí a un vasito de vino blanco de verdejo, que luego serán dos. No solo eso. También nos saca para picar, debajo de un árbol, un trocito de queso y una rodaja de chorizo a cada uno. Esto es ya lo tercero sólido que tomo en el día.

Saboreando el blanco

Pepe nos comenta también que el palacio funciona actualmente como casa rural y nos hace pasar a su patio interior, cubierto de maleza, en el que se yerguen dos hermosos manzanos.
Un rato muy agradable que toca a su fin. Me despido de Pepe, dándole gracias por todo, y también de los ciclistas. Hay que continuar camino.

Al pasar La Quintana hay un pequeño tramo de calzada romana, prácticamente testimonial, que es reconocible y se ha conservado bien.

Calzada romana


En Las Quintanillas me siento a descansar un poco junto a su iglesia.

En Las Quintanillas

Cuesta seguir el sendero entre Las Quintanillas y Casasola, aunque hay marcas recientes. Creo que han modificado su trazado y no va por donde me indica mi guía. Y el tramo se me hace más largo de lo que pensaba. Pero tras algunos titubeos y hacer uso de la brújula, acabo saliendo a Casasola, que no es más que una venta en un cruce de caminos, hoy reconvertida en restaurante a pie de carretera. El edificio ha sido usado también en tiempos como ayuntamiento o casa consistorial de Valdeolea, según reza una placa. Son las cuatro de la tarde y ya está bien de sufrir. En la terraza, bajo una sombrilla, me tomo un buen plato de ensalada, unas rabas y una jarra de cerveza con limón.

Buen menú, buen menú


Para ir desde Casasola a Olea, donde me voy a quedar en la casa rural de una tal Angelines con la que he hablado por el móvil, hay que seguir por carretera, coronar un suave puerto, que da vista al valle de Valdeolea y dejar a mano izquierda el desvío a Reinosilla. El viento me azota la cara. Lo que en invierno sería una molestia, ahora es una bendición y no siento ni gota de calor al caminar. Se desciende a un amplio valle con pastos, en los que pacen caballos y vacas.


Con Olea de fondo, asisto a una curiosa estampa. Un grupo de cigüeñas va picoteando de aquí para allá, detrás de un tractor que trabaja en un campo de labor.

La casa rural de Angelines se llama El Ermitaño, un nombre que a un perroflauta como yo le va como anillo al dedo, aunque me comenta que va a tener que cambiarle en el futuro el nombre por el de Los Eros, pues ha habido quien se le ha adelantado a la hora de inscribir el primer nombre en el registro de alojamientos rurales de Cantabria. Es una casa grande, con un máximo de 16 plazas, en la que este pasado fin de semana han estado unos de Vitoria, según me comenta. Angelines tiene la amabilidad de limpiarme una de las habitaciones y un baño, y dejarme la casa toda para mi. Voy a estar solo.

La casa rural

Como el único sitio en el que puede cenarse algo en el pueblo, La Cuchara del Camesa, está cerrado hoy domingo por la tarde, Angelines se ofrece a traerme algo. Al rato vuelve con un bocata, un poco de fruta y un botellín de cerveza.

En el patio

Lunes, 4 de julio: 3ª etapa, de Olea a Santiurde de Reinosa
Itinerario: Olea - Alto del Bardal o de Hoyos - Cervatos - Matamorosa - Reinosa - Pozo de las Sanguijuelas - Fresno del Río - Aradillos - Morancas - Collado de las Praúcas - Santiurde
Longitud: unos 21,5 km.

Angelines viene a las ocho de la mañana, como habíamos convenido, a prepararme el desayuno.
Un poco antes de las nueve me pongo en movimiento y por carretera subo los tres kilómetros que separan Olea del alto del Bardal (1.180 metros), que hace de divisoria entre las cuencas del Duero y del Ebro.

Desde el alto del Bardal

Desde el puerto comienza un suave descenso hacia Reinosa, en el que se atraviesa un pequeño bosque de hayas.

En Cervatos destaca su iglesia románica de San Pedro. En sus canecillos exteriores se ha esculpido un amplio repertorio de escenas eróticas, algo inusual. Creo que por aquí también han debido cambiar el trazado del sendero, pues en mi guía pone que hay que desviarse medio kilómetro de él para llegar hasta Cervatos y yo lo he hecho sin abandonar en ningún momento las marcas.

San Pedro de Cervatos


A las afueras de Cervatos camino un poco, hasta que nuestros rumbos divergen, a la par de una pareja mayor. Él es de aquí, de Cervatos, me dice, pero viven en Bilbao y se han venido, ahora en verano, a pasar una temporada.

El sendero me saca a la N-611. Este es un punto conflictivo, pues no está marcado el brusco giro que hay que dar. Tras varios titubeos, al final reparo en que, al pisar el asfalto, hay que dar un brusco giro de casi 180 grados para seguir por un antiguo tramo de la carretera nacional, hoy abandonado.

Se atraviesa Matamorosa por su calle principal y, nada más cruzar el puente sobre el río Híjar, se entra en Reinosa. El río separa dos poblaciones que de otra forma se tocarían.

En Reinosa se deja a la derecha un parque y se cruza el Ebro por otro puente, en el que a esta hora se apelotona la gente, entrándose en el casco antiguo. Hacia la derecha arranca la Calle Mayor, que pasa junto a la Plaza del Ayuntamiento y el Teatro Principal. Más adelante se dobla a la izquierda por la calle de San Roque, en la que hoy lunes hay un mercadillo ambulante para abandonar la población por el nuevo hospital, que está en un alto.

Plaza del Ayuntamiento (Reinosa)

El Pozo de las Sanguijuelas no es más que una pequeña laguna en cuyos alrededores se arremolinan las vacas, en busca de su ración de hierba.

Pozo de las Sanguijuelas


A partir de aquí hay que seguir subiendo, pero encuentro una última marca en un cercado y... ¿Hay que cruzarlo por la cancela y seguir de frente? ¿Hay que doblar a la izquierda? ¿A la derecha? Pruebo todas las opciones pero por ninguna de ellas vuelvo a encontrar marcas que me confirmen que voy bien. Las dudas me invaden. La guía no me aclara nada. Saco la brújula y con la ayuda del rudimentario croquis de la guía decido doblar a la derecha para salir a un camino que veo desde aquí y que asciende hacia el norte.

Al rato desemboco en un pueblo. Una mujer con dos perros me hace saber que estoy en Fresno del Río. No es, por supuesto, lo que esperaba, pues según mi guía, el GR no pasa por aquí. Al menos hay un bar en el que comer algo. Eso creía yo, pero de comer nada. No me queda otra que acompañar el botellín de cerveza con dos bolsitas de patatas fritas. Reconozco que soy un perroflauta muy exigente.

Desde aquí lo más cómodo y seguro para volver a conectar con el GR es seguir, primero por carretera hasta Aradillos y luego por pista hasta Morancas.

Morancas es pequeño. Apenas cuatro casas. Según la guía, está prácticamente deshabitado. Pero no es así. Al menos hay una casa en buen estado. Y unas gentes trabajan con el tractor en la ladera del monte.

A partir de aquí, el sendero, algo difuso, asciende por la ladera y tuerce poco a poco hacia la derecha. No hay más que fijarse y seguir las marcas, que nos dirigen hacia un collado, a cuya derecha queda la suave cumbre alargada de Las Praúcas, coronada por una antena.

La bajada desde el collado hasta Santiurde me daba miedo, ateniéndome a la descripción de la guía, pero luego resultó estar bien balizada y ser sumamente fácil de seguir.


Al comienzo del descenso se zigzaguea por una ladera cubierta solo por helechos, momento en el que recibo una llamada de la librería Desnivel. Es cachondo. Me dicen que su distribuidor no ha conseguido, de momento, la guía que les pedí. Esa guía es precisamente la que estoy usando. Lo que pasa es que terminé por localizarla en otra librería a través de Iberlibro.
Luego se entra en un frondoso hayedo, que forma una especie de bosque galería, a pesar de que los árboles no son muy altos.
Saliendo del bosque, impresionan algunos de los viaductos que han construido en la autovía A-67 a Santander.


Ya se ven las primeras casas de Santiurde de Reinosa (y no Santiurde de Toranzo, que no está lejos de aquí). Solo me queda por superar un último obstáculo. Una vaca se interpone en mi camino. Se ha debido escapar de alguno de los prados que hay a ambos lados del camino.
La vaca se me queda mirando fijamente y me cierra el camino. Pero yo avanzo hasta ella sin inmutarme, aunque la procesión vaya por dentro. Cuando me tiene ya cerca, la vaca se gira bruscamente y se aleja de mí varios pasos al trote. Vuelve a darse la vuelta y a quedarse clavada mirándome. La operación se repite. Avanzo hacia ella, se gira cuando estoy cerca y se aleja de mí al trote. Así unas cinco veces. Pero surge algo con lo que no contábamos, ni la vaca, ni yo. Una puerta metálica corta a la vaca cualquier vía de escape.
La vaca me mira de nuevo fijamente. La portilla cerrada, a su espalda. La tengo acorralada. Yo también me detengo, prudentemente, a un par de metros. Mi único pensamiento es aguantar y esperar a la reacción del animal. Es decir, quedarme a verlas venir. Es un momento de extrema tensión. El hombre contra la bestia. Los dos nos miramos con fijeza.
En un abrir y cerrar de ojos, la vaca se gira a un lado y, sin tomar prácticamente carrerilla, pues no tenía espacio para ello, se da un prodigioso impulso y salta el cercado de piedra que delimita el camino, resonando sus cascos al golpear las piedras.
Boquiabierto, contemplo a la vaca, que ha escapado del peligroso perroflauta y trota libremente por el prado. El camino ha quedado expedito.

El albergue La Torre, en la parte alta del pueblo, es un alojamiento muy recomendable, con buenas vistas, que lleva diez años abierto. Me abre la cuñada de Sonia, que vive en la casa de al lado.

Albergue La Torre

Me siento a leer en la terraza, mientras cae la tarde, y al rato aparece el abuelo, Aurelio Gutiérrez, que tiene 87 años y es el único que queda de 18 hermanos.
Aurelio me cuenta muchas, muchas cosas. En el 29, cuando tenía seis años, se cayó del burro, que le pasó por encima y le rompió el brazo izquierdo por las dos cañas. Lo llevaron a Valdecilla, hospital que acababan de inaugurar en Santander, donde, por influencias de un conocido de la familia, lo atendió un prestigioso traumatólogo y pudo curarse bien. En el 37 les cayó una bomba tirada por los alemanes, que pesaba más de mil kilos, les destrozó la casa e hizo un socavón en el suelo de varios metros de profundidad. En el 42, al cumplir los 18, se vino a Madrid a hacer la mili. Su cuartel estaba cerca de la Estación del Norte.
Me dice Aurelio que él era capaz de levantar piedras de más de 100 kilos. Aquí en Cantabria no se hacían apuestas o competiciones a ver quién levantaba un mayor peso, como en el País Vasco. Simplemente sucedía que los que, como él, trabajaban en el campo, estaban acostumbrados a levantar grandes pesos. Esto les era de gran ayuda en sus trabajos cotidianos. Resultó que estando en la mili, en Intendencia, les vino un coronel y les dijo que entre cuatro tenían que coger un saco de arroz que pesaría más de 120 kilos y subirlo dos plantas, a donde estaba la cocina. Aurelio dijo entonces que él solo podía cargar con el saco. El coronel le replicó que ni loco podría cargar con semejante peso. "Por mis cojones que sí", insistió Aurelio, se echó el saco al cuerpo y se lo subió él solo. "De Santander tenías que ser", le dijo con admiración el coronel. Aurelio, al que se le ve robusto y ancho de espaldas, cuenta la anécdota del saco de arroz con orgullo. Insiste también en que no es todo cuestión de fuerza, que evidentemente tenía que tenerla, que es también muy importante la maña y saber coger muy bien las piedras y los pesos para mantener el cuerpo en equilibrio.
A los 65 años, Aurelio sufrió otro desgraciado accidente mientras faenaba. Una máquina para cortar maíz forrajero le amputó cuatro dedos de la mano derecha. Y efectivamente me enseña el muñón que le ha quedado. Pero de este accidente también se recuperó y siguió trabajando durante unos años. Aurelio ha sabido superar los reveses que ha tenido en la vida.

Martes, 5 de julio: 4ª etapa, de Santiurde de Reinosa a Las Fraguas
Itinerario: Santiurde de Reinosa - Rioseco - Pesquera - Somaconcha - Mediaconcha - Pie de Concha - Bárcena - Cobeju - Molledo - Helguera - Santa Cruz de Iguña - La Serna - Arenas de Iguña - Las Fraguas
Longitud: unos 20,5 km.

De camino a Rioseco



En Pesquera destaca su rollo o picota, con cuatro cabezas monstruosas, que ocupa el centro de una plazoleta.

Rollo de Pesquera

El que llaman Corral del Prendao servía a los vecinos del pueblo para guardar o encerrar las reses de otros municipios que hallaban pastando en los prados del pueblo. Aquí las custodiaban como prenda hasta que aparecía su dueño para rescatarlas.
Mientras me entretengo en ver estas y otras cosas, aparece en su furgoneta el panadero, que trae el pan de Reinosa.

Aquí en Pesquera nació Aurelio Ruiz, poeta y cantante de tonadas montañesas. "Si vas a Reinosa, párate en Pesquera", rezaba una de sus composiciones más conocidas.
Otro hombre muy ligado a Pesquera, de donde era su padre, fue el madrileño Ángel Fernández de los Ríos, periodista de ideas liberales, muy influenciado por la ideología krausista y colaborador en la puesta en marcha de la Institución Libre de Enseñanza.

En los cinco kilómetros de bajada desde Somaconcha (720 m. de altitud) a Pie de Concha (300 m.), pasando por Mediaconcha (570 m.), hay varios tramos de cierta longitud en los que la calzada romana se mantiene bien conservada. En total, entre los tres pueblos se descienden unos 350 metros de desnivel. Aquí hay que aclarar que "concha" alude precisamente a la calzada y que Somaconcha es, por tanto, el pueblo que está arriba de la calzada, que Mediaconcha es el de enmedio y que Pie de Concha, como es lógico, es el pueblo de abajo.

Iglesia de Somaconcha

De Somaconcha a Mediaconcha la calzada zigzaguea por un fresco bosque de robles y hayas, en el que también abundan los avellanos y los helechos. Hay que tener cuidado en la bajada con el enlosado de la calzada, muy pulido y resbaladizo.

Calzada romana


A partir de Mediaconcha la bajada se hace más tendida y se cruza la vía del ferrocarril a Santander por encima, gracias a un puente.

Mediaconcha

En Pie de Concha me paro a hablar con una señora viuda, a la que le cuento que vivo en Madrid, que llevo cuatro días caminado y que pasado mañana quiero llegar a Suances. Me dice que Suances es muy bonito y que en Madrid estuvo una vez, pero no le gustó.

Pie de Concha

En Bárcena elijo uno de los tres restaurantes que hay en la plaza para sentarme en la terraza y comer de menú.

Bárcena de Pie de Concha


Leo en mi guía que en Santa Cruz de Iguña nació Leonardo Torres Quevedo, el famoso matemático, ingeniero, investigador e inventor de finales del XIX y principios del XX, que realizó importantes aportaciones en campos muy diversos (mecánica aplicada, automática, aerostática, etc.). En Madrid dirigió el laboratorio del Ateneo que se encargaba de la fabricación de instrumental científico y técnico (el primer aparato de radiodirección del mundo, máquinas analógicas de cálculo para resolver ecuaciones matemáticas, etc.). Entre las obras públicas que realizó, la que más fama le dio quizá sea el transbordador o funicular del canadiense río Niágara, que con pequeñas modificaciones sigue activo hoy día. También participó en la construcción del primer dirigible español.

De La Serna a Arenas de Iguña se avanza junto a la vía del tren.

El tren pasa


En Las Fraguas me acerco a una posada que me han dicho llevan unas hermanas, pero unos vecinos me informan de que está cerrada y ya no funciona. Hay otra opción de alojarse aquí, el Hotel Casón de la Marquesa, pero me temo que se me va un poco de presupuesto y decido seguir, a pesar de que el cielo se ha puesto un tanto amenazador.

Mi idea es subir al collado de Piedrahita y desde allí bajar al siguiente pueblo que es Villayuso, ya en el valle de Cieza. Pero no lo logro. O el camino ha sido invadido por las zarzas. O es que en algún punto lo he perdido.
En una primera tentativa llego hasta un punto en el que el sendero, que se ha ido estrechando, queda cubierto por las zarzas. Decido aquí retroceder hasta la marca anterior para fijarme mejor. Pero vuelvo una segunda ves a la carga, convencido de que el sendero ha de continuar por aquí. Al llegar de nuevo a las zarzas empiezo a apartarlas a bastonazos para abrirme paso. Pero al avanzar, piso en falso y me caigo de espaldas hacia un lado, sobre las zarzas, aunque la mochila me protege. El terreno está en cuesta y me quedo con las piernas hacia arriba y la cabeza hacia abajo. En esta postura me resulta imposible levantarme, a pesar de que lo intento en repetidas ocasionas. No logro tirar de piernas e incorporarme con mochila y todo, ni siquiera con ayuda de los bastones. Soy como un escarabajo patas arriba, que por mucho que mueve sus patitas no puede darse la vuelta. No me queda otra que soltar la mochila, liberar mis hombros y descargarme de peso. Solo así soy capaz de reincorporarme. Pero debo ser algo cabezota, porque me empeño en seguir adelante un poco más, separando zarzas con los bastones. Avanzo unos cien metros más hasta convencerme de que continuar por aquí es un sinsentido. Y además, el cielo tiene muy mala pinta.
Al retroceder veo otros desvíos y pruebo a meterme por ellos un poco, pero sin llegar a ver ninguna marca de GR. Empieza a lloviznar y no es tiempo de andar con tonterías, sino de bajar de nuevo a Las Fraguas, y a la carrera si es posible, quedarme allí a dormir y en todo caso volver mañana por aquí en busca del camino correcto.

En Las Fraguas la única opción de alojarme es el Hotel Casón de la Marquesa. El nombre me echa un poco para atrás. Tampoco sé si admitirán perroflautas. Bordeo el muro del hotel, dándole la vuelta, hasta toparme con la entrada. Oooh. Más que una casona, es un palacete con un cierto aire francés. Ciertamente un hotelito con encanto.

El hotelito

Suena el timbre. Quién será, se pregunta el recepcionista. A estas horas y con la que está cayendo. Al abrir la puerta, la sorpresa del recepcionista es mayúscula. Se trata de un perroflauta con chubasquero color butano, mochila a la espalda y dos bastones.
Sí que hay habitaciones para perroflautas. El recepcionista tiene que consultar el precio de la habitación para una noche. Tiene también que aclarar si el precio es o no con desayuno incluido.

El perroflauta es finalmente conducido a su habitación.

La habitación

Todo ciertamente muy romántico. El perroflauta lamenta no estar acompañado en estas circunstancias. Pero es lo que hay.

Es el momento de una ducha, cambiarse de ropa y volver a ser persona. Mientras me ducho, me acuerdo de aquella chica de Santander, que conocí hace bastantes años en un curso de verano de la Universidad Menéndez y Pelayo. Era una chica de buena familia, que se ponía en clase unos modelitos de infarto y nos traía a todos locos. ¿Y cómo se llamaba? Eeee... Ah, Ivonne. Eeeso es, hombre. I-von-ne. Pero si me parece que tengo su número grabado en la agenda de mi móvil... Hace tres años estuve unos días en Santander y ya entonces la llamé varias veces, aunque infructuosamente.
Bueno, pues vamos a intentarlo. Pero antes casi que llamo a recepción para que me suban un güisquito con hielo para ir entonándome.
Mmm, me encanta el tintineo de los hielos pero... es la hora de la verdad y de hacer la llamada.
Suena la señal una, dos, tres veces. Cachis... Cuando estoy ya a punto de cortar la llamada, una voz contesta...
- ¿Sí? ¿Quién es?
- ¡Hola! ¿Eres Ivonne?
- ¡Sí! ¿Quién eres tú?
- ¡Hola, Ivonne! Soy Alfredo... No sé si te acordarás de mí...
- Pues... Ahora mismo... Como no me ayudes un poco...
- Nos conocimos hace unos años, es normal que no te acuerdes... Coincidimos en un curso de verano en el Palacio de la Magdalena... El curso iba de "Keynesianismo versus monetarismo", o algo así...
- Ah, vale... Claro que me acuerdo... Del curso y de tí...

Ostias, me digo, la cosa marcha. A partir de aquí la conversación se mueve por los derroteros que todos os imaginaréis. Le cuento que estoy de vacaciones, le comento dónde estoy ahora mismo, le explico someramente lo que he estado haciendo en estos días, los sitios por los que he pasado... E Ivonne me pone un poco al día de cómo le ha ido en estos últimos años y qué hace ahora, dónde trabaja, etc.

- ¿Y dónde me has dicho que estás ahora?
- En Las Fraguas, en un hotelito... Esto está al lado de Arenas de Iguña.
- Ya, ya sé. A una media hora de Santander, en coche. Si te apetece, podíamos vernos y tomarnos algo. Me puedo acercar hasta allí con el coche.
- Ah, vale. Por mí estupendo. El hotel está muy bien. Y tiene restaurante. Podíamos cenar aquí mismo.
- Vale. ¿Cómo se llama el hotel?
- El Casón de la Marquesa. Si entras en el pueblo viniendo de Santander, tienes que torcer a la derecha en un desvío que pone Los Llares. El hotel está un pelín más adelante, a la izquierda. Está señalizado con un cartel.
- OK, me preparo y salgo para allá. Llegaré como en una hora. Si tengo algún problema, te llamo.
- Chao, nos vemos.

La cena estuvo impecable. Nos sentamos junto al amplio ventanal del comedor, que daba a un jardín plagado de arbolado. Ivonne estaba radiante. Tan o más guapa que como la recordaba. Después nos salimos al jardín, a tomarnos una copa en el cenador. Desgraciadamente no puedo mostraros a Ivonne. Se me agotó la batería de la cámara. Mira que me da rabia...

Miércoles, 6 de julio: 5ª etapa, de Las Fraguas a Cartes
Itinerario: Las Fraguas - Villayuso de Cieza - Collado de Cieza - Los Corrales de Buelna - Ermita de San Ramón - Polígono industrial de Barros - Las Caldas de Besaya - Riocorvo - Yermo - Bedicó - Cartes
Longitud: unos 23,5 km.

Al levantarme, me acerco a la ventana. El día ha salido gris y chispea débilmente. Al final nos dieron las tantas. Cayeron tres copas. A esas horas no era cuestión de que Ivonne cogiera el coche para volverse a casa. Y menos con las copas. Le propuse que se quedara a dormir. Pero a las ocho entraba a trabajar en una aseguradora de las grandes. Ha debido irse muy temprano.

Después del desayuno me preparo para caminar bajo la lluvia. Mientras me ajusto el chubasquero, siento que he vuelto a mi triste condición de perroflauta. Ivonne no es ya sino un borroso recuerdo...

Con este tiempo no estoy dispuesto a buscar de nuevo el camino que sube al collado de Piedrahita y echo a andar por la N-611, en dirección a Santander. El arcén, salvo en algunos estrechamientos que hace la carretera, es ancho.

La lluvia se intensifica y me refugio más o menos durante una hora en el bar El Manco, que queda a la derecha de la carretera.

Cuando parece haber escampado, reanudo la marcha. Pero al rato vuelve la lluvia. Esta vez me resguardo en una providencial parada de bus con marquesina, a la altura del desvío a Villayuso.

En plan perroflauta total

De camino a Villayuso se pasa bajo otro impresionante viaducto de la A-67.


En Villayuso de Cieza vuelvo a conectar con el GR, aunque sin abandonar la carretera.

A la entrada de Collado de Cieza, nada más pasar la iglesia, hay que buscar a la derecha la bajada hacia Los Corrales. Se atraviesa un bosque húmedo y bastante embarrado. Las losas del camino resbalan bastante.



En Los Corrales de Buelna, después de una parada para comer, un alemán me saluda y me pregunta si estoy haciendo el Jakobsweg o Camino de Santiago. Le digo que no, que quiero acabar mañana en Suances. Por lo visto, conocía Suances.

Los Corrales de Buelna

Más adelante, a la salida de Los Corrales, un paisano abre la portezuela de un coche que estaba estacionado y me pregunta a gritos: "Oye, ¿hoy es martes o es miércoles?". Veo que hay gente aún más perdida que yo, lo cual me tranquiliza.


Al rato, me encuentro con otro paisano a la vera del camino. Nos saludamos y espontáneamente surge la conversación. Es un tipo chispeante, divertido y buen conversador.

El otro paisano

El camino, largo y recto, me lleva hasta una central eléctrica, donde termina, por lo que me veo obligado a retroceder hasta el polígono de Barros, desde donde continuo por un paseo que es carril-bici y que resultará ser la Vía Verde del Besaya, que también termina en Suances.

En las Caldas de Besaya hay un antiguo balneario, que en parte se ha abandonado.

Caldas de Besaya

Riocorvo constituye, según leo en mi guía, "un bonito conjunto de arquitectura civil montañesa, a lo largo del antiguo Camino Real". Intento, sin éxito, encontrar alojamiento. Llamo y llamo a los teléfonos de una pensión que hay en el pueblo, pero nadie me coge.

Riocorvo

En Bedicó me dicen que si busco alojamiento baje a Cartes, que allí tienen de todo.

En Cartes, los del restaurante El Torreón gestionan una pensión con unas cuatro habitaciones, que se llama El Ansar y se encuentra a la vuelta de la esquina. Y allí me quedo. La dueña, a la que le gusta caminar, se interesa por el viaje que estoy haciendo a pie y me regala un folleto con rutas de senderismo por los alrededores de Santillana del Mar.

Cartes

Jueves, 7 de julio y San Fermín: 6ª etapa, de Cartes a Suances
Itinerario: Cartes - Sierra Elsa - Reocín - Puente de San Miguel - Vispieres - Santillana del Mar - Camplengo - Yuso - Avíos - Suances - Punta del Dichoso
Longitud: unos 20 km.

Hoy el día amanece fresco y nublado. Ideal para caminar. Además, va a ser, si todo va bien, mi última jornada, con lo que la moral está por las nubes.

Las famosas minas de zinc de Reocín, hoy abandonadas, están ocupadas por una laguna. Digo yo que será a consecuencia de las aguas subterráneas que han aflorado a la superficie, como sucede a menudo en las minas o graveras que dejan de explotarse. En la Comunidad de Madrid, sin ir más lejos, tenemos algunos ejemplos (Velilla de San Antonio, Arganda, etc.).

Mina de Reocín

Paso al lado del picu de Vispieres o Castío, que queda a la derecha.

Picu de Vispieres

Santillana del Mar, conjunto arquitectónico enormemente cuidado, en el que destacan su Plaza Mayor y su Colegiata, estaba, como era de esperar atestada de turistas y veraneantes. En estos meses de verano da igual que sea día laborable.

Colegiata de Santillana

A la altura de las plaza de las Arenas arranca el camino que conduce a Camplengo.

Plaza de las Arenas

A la altura de Yuso, situado en un alto, diviso por vez primera la línea costera y el mar. Me quedan solo seis kilómetros.

Ya se ve la costa

Es, sin duda, un momento emocionante, equiparable a cuando alcanzas esa cumbre que se resistía.

Oe, oe, oeee

Poco antes de llegar a Suances paso por un bosque de eucaliptos.

Bosquete de eucaliptos

Y al llegar a Suances, la cosa no se acaba, pues el objetivo que me he marcado es terminar en el mar. Desciendo hacia la playa de la Concha para darme allí un baño iniciático y purificador.

Playa de la Concha

Y después del baño, aún hay más. Ahora me encamino hacia la Punta del Dichoso. ¿Qué mejor que un lugar con este nombre para dar por concluida esta larga travesía? A medida que asciendo a ella, voy dando la vista a la playa de los Locos, que se encontraba al otro lado de los acantilados.

Playa de los Locos

Al alcanzar la Punta del Dichoso mi dicha es completa. ¿Completa? ¡Y si llamara a Ivonne...! ¡Cómo no se me ha ocurrido antes...!

En la Punta del Dichoso


Bibliografía
Topoguía del GR-73, titulada La Calzada de los Blendios, cuyos autores son Juan Miguel Gil Álvarez y Fernando Obregón Goyarrola, editada en 2002 por la Librería Estudio de Santander.
Artículo en en nº 83 de la revista Grandes Espacios, de noviembre de 2003, págs. 46-52.

Webs

Comunicaciones
Hay trenes regionales de Valladolid a Santander, con parada en Herrera de Pisuerga, Alar del Rey, Mave, Aguilar de Campoo, Mataporquera, Reinosa, Bárcena de Pie de Concha, Los Corrales de Buelna y Torrelavega.
Hay también trenes de cercanías entre Santander y Reinosa, con parada en Torrelavega, Caldas de Besaya, Los Corrales de Buelna, Las Fraguas, Arenas de Iguña, Molledo-Portolín, Bárcena, Pujayo, Pesquera y Lantueno-Santiurde.
















4 comentarios:

  1. Tu crónica deja a las claras la dura vida del perro flauta. La gente tiende a pensar que la vida del perroflauta es una vida llena de lametones y alegres tonadas. De sexo libre con las perroflautas pero no. Es una dura vida de sacrificio y continuos sobresaltos.
    Ya te vale ya..

    D.Santiago

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  2. Co*o, tengo que reconocer que sexo hubo poco, salvo la noche pasada con I-von-ne, claro, que valió por todo el viaje.

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  3. Muy bueno. Y lo siento tío, pero me he reido un montón con tus desventuras. Un relato entre tragicómico y surealista.........a ver que nos traes de Eslovaquia.

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  4. Un relato muy elocuente.

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